
Bueno, ya estamos la mayoría de vuelta en casa después del intenso fin de semana que hemos vivido en Graz.
Antes de nada, queremos dar las gracias a todos los socios, miembros y simpatizantes que os habéis animado a acompañarnos en este viaje. Desde la Junta Directiva tratamos de organizar actividades atractivas que nos permitan no solo disfrutar de buenos momentos juntos, sino también seguir haciendo Club.
Reunir a más de 30 personas en una salida como esta nos parece todo un éxito de participación y demuestra, una vez más, las ganas que tenemos de compartir experiencias más allá de nuestras concentraciones habituales. Al final, este tipo de encuentros son una magnífica oportunidad para conocernos mejor, intercambiar experiencias y seguir construyendo un Club cada vez más unido y participativo.
Rumbo a la fábrica
El autobús nos esperaba en el centro de Graz a las 8:30 de la mañana para llevarnos al Experience Center, situado junto al aeropuerto. Allí nos esperaba el plan del día: dividirnos en dos grupos. Mientras unos visitarían la fábrica, los demás aprovecharían para recorrer el Experience Center, donde se exponen algunos de los modelos más representativos de la marca y una interesante muestra instalada en un antiguo hangar. Tras los saludos de rigor, nos repartimos y el primer grupo puso rumbo a la fábrica, situada a apenas quince minutos. Afortunadamente, en Graz todo está relativamente cerca.
Nada más llegar nos esperaba la primera sorpresa: por motivos de seguridad tuvimos que entregar los teléfonos móviles. Durante toda la visita no podríamos hacer ni una sola fotografía. Una pena, aunque pronto entendimos que habría que guardar las imágenes únicamente en la memoria.
El autobús entró directamente en el recinto de la fábrica. Habíamos oído hablar de sus dimensiones, pero hasta que no estás allí cuesta hacerse una idea. Más de un millón de metros cuadrados, el equivalente a unos 150 campos de fútbol. Mientras recorríamos sus calles interiores no podíamos evitar mirar hacia todos los lados buscando cualquier pista relacionada con nuestro querido Clase G.
Y las primeras señales no tardaron en aparecer. A través de puertas entreabiertas empezamos a distinguir carrocerías, chasis perfectamente alineados esperando su turno para entrar en producción, góndolas cargadas con vehículos ya terminados y unidades envueltas en el característico protector blanco. La emoción iba creciendo a cada metro. Estaba claro que nos acercábamos al corazón de la fábrica.
El autobús se detuvo frente a un edificio cuya fachada, decorada con imágenes del Clase G, no dejaba lugar a dudas: habíamos llegado.
Tras recibir unos auriculares para poder seguir cómodamente las explicaciones de nuestro guía —que, para alegría de todos, hablaba castellano— cruzamos una discreta puerta… y, de repente, estábamos dentro de la línea de producción del Mercedes Clase G.
La visita continuó a bordo de pequeños carritos eléctricos de golf que nos permitían recorrer la cadena de montaje desde dentro. La sensación era difícil de describir. Pasábamos a escasos centímetros de las carrocerías, los ejes, las reductoras, los asientos y cientos de componentes preparados para ser ensamblados. Bastaba con estirar la mano para tocarlos.
La línea de producción serpentea en un espacio sorprendentemente compacto. Todo está perfectamente organizado y llama la atención la cantidad de operarios que trabajan en cada estación. Nuestro guía nos explicó uno de los aspectos más llamativos del proceso: en toda la línea de montaje del Clase G solo hay un robot. Su única función es aplicar el adhesivo de las lunas. Todo lo demás sigue realizándose de forma manual, exactamente igual que hace décadas. Es una de las señas de identidad del modelo y un motivo de orgullo para la fábrica, que no tiene ninguna intención de renunciar a esa forma de fabricar uno de los todoterrenos más emblemáticos del mundo.
Seguimos avanzando por los distintos pasillos mientras observábamos cómo, poco a poco, la carrocería y el chasis avanzaban por recorridos independientes hasta encontrarse en un punto en el que el Clase G empezaba a cobrar vida y a ser perfectamente reconocible.
Nuestro guía nos explicó que Magna fabrica prácticamente todos los componentes del vehículo. La gran excepción son los motores, que llegan directamente desde Mercedes para ser ensamblados en la línea de producción.
Como cabía esperar, la fábrica está impecable. Todo transmite orden, limpieza y una organización casi milimétrica. Cada herramienta está en su sitio y cada operario sabe exactamente qué hacer en cada momento. Es uno de esos lugares donde resulta evidente que nada se deja al azar.
En un momento del recorrido tuvimos que detenernos. Una carrocería cruzó lentamente delante de nosotros para continuar hacia la siguiente estación de montaje. Allí nadie interrumpe el ritmo de producción; somos nosotros quienes nos adaptamos al ritmo de la fábrica, y no al revés.
Otro de los detalles que más nos sorprendió fue descubrir que los asientos también se fabrican íntegramente en Graz. Desde el corte de las piezas de cuero hasta el montaje final, todo el proceso se realiza allí mismo. Es entonces cuando uno se da cuenta de la enorme complejidad que esconde un asiento moderno: calefacción, ventilación, reglajes eléctricos, memorias… una auténtica pieza de ingeniería que normalmente damos por sentada.
Casi sin darnos cuenta regresamos al punto de partida. Era hora de bajarse de los carritos eléctricos y poner fin a la visita. La sensación era compartida por todos: en apenas una hora habíamos recibido tanta información y habíamos visto tantas cosas que nos habríamos quedado encantados dando otra vuelta.
Antes de abandonar el edificio, nuestro guía nos enseñó un mural dedicado a los trabajadores más veteranos de la fábrica. Entre todos los nombres hubo uno que llamó nuestra atención: un empleado que lleva trabajando allí desde 1978. Pensar que ha estado presente desde el inicio de la producción del Clase G y que ha visto salir de la línea todas y cada una de las unidades fabricadas desde entonces pone los pelos de punta.
Tras devolver los auriculares, subimos de nuevo al autobús para regresar al Experience Center. La visita a la fábrica había superado nuestras expectativas y durante el trayecto no se hablaba de otra cosa que de todo lo que acabábamos de vivir.
Pero lo mejor aún estaba por llegar…
En el autobús de vuelta nos devuelven los móviles y en el corto trayecto al Experience Center intentamos recopilar y comentar lo que acabamos de ver. La visita se nos ha hecho muy corta.
Llegamos al Experience Center y nada más bajarnos del autobús empezamos a detectar excitación entre los que se habían quedado, que si menuda experiencia, que increible, que ya íbamos a ver… Nos quedamos un poco sorprendidos porque el plan era visitar el museo y ver los coches que estaban expuestos, que vale que eran unidades exclusivas como el 6×6, el Laudalet, dos 4×4 al cuadrado… El Laudalet por cierto, nos dejan montarnos, probar los asientos reclinables traseros, probar la capota, e incluso nos arrancan el motor para oir ese maravilloso V12 que lleva montado. Todo esto en un coche del que se fabricaron únicamente 99 unidades y hoy en día se cotiza alrededor de 1,5 millones… Pues ahí estábamos nosotros toqueteando todo.

No se pueden describir las sensaciones, pero puedo decir que ni en una montaña rusa notas lo que ofrecen estas máquinas cuando las exprimes al máximo. Aceleraciones brutales, frenadas donde se te ponen las pulsaciones a tope porque piensas que no va a parar las 2,5 toneladas antes del muro… No se cuánto duraba cada tanda pero se pasaba volando. El EQ definitivamente es una máquina muy capaz en Off, capaz de hacer virguerías. El tener un motor dedicado para cada rueda lo hace prácticamente imparable. Lo único que le lastra es el peso, pero tiene un par motor descomunal de 1164 Nm que hace que te quedes pegado al asiento cuando el conductor aprieta hasta el fondo el pedal del acelerador.

Aquí el EQ listo para entrar en circuito.


Personalmente las sensaciones más extremas las tuve con el 63, esas aceleraciones, las esquivas de conos, la prueba del alce, frenadas de emergencia… Lo hemos hablado muchas veces, este coche mola por lo ilógico que es. Prestaciones de superdeportivo en un tanque de 2500 kilogramos. Por favor Mercedes no dejes de fabricarlo nunca.

Ambos conductores eran super majos, se notaba que disfrutaban con lo que hacían y entre acelerón y frenada te iban contando algún detalle interesante. Ángulo máximo lateral, profundidad máxima de vadeo, límite de velocidad, que cambiaban de neumáticos cada dos meses… En fin, nada de lo que podamos poner aquí puede explicar las sensaciones experimentadas. Lo que tienen ahí montado es un parque de atracciones para adultos y punto. Creo que nadie que se compre uno de estos coches lo va a exprimir a ese nivel pero impresiona lo que estas máquinas pueden hacer.
La parte principal de las instalaciones es un hangar donde tienen un pequeño museo, por ejemplo guardan la unidad fabricada número 500.000, que monta un motor 500 V8:

Tienen también un chasis de la versión eléctrica con la batería montada, una zona con los diferentes colores en los que se pueden pedir los Gs nuevos, incluso una pequeña tienda donde muchos de nosotros picamos para llevarnos un recuerdo. En cuanto nos queremos dar cuenta el resto de compañeros ya están de vuelta de su visita a fábrica. Momento de la despedida. Nadie se quiere ir. Y si fuera por nosotros volvíamos al día siguiente. Pero el hangar alberga otra sorpresa más.
La pieza única donde queríamos inmortalizar nuestra visita a Graz, nuestra foto de grupo del Club para conmemorar nuestro 20 aniversario: un 280 GE largo de 1979 conservado en ámbar.

Han sido muchos meses de preparación y coordinación pero nos quedamos con muy buen sabor de boca. Desde la Junta esperamos que todo el mundo haya disfrutado lo mismo que lo hemos hecho nosotros y otra vez gracias a todos los que os habéis animado a participar. Para el 21 Aniversario repetimos.
Larga vida al Club!